Así impulsan las alianzas entre pymes el ingreso a mercados de gran escala
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Las largas jornadas laborales llevan al límite a miles de trabajadores costarricenses hasta consumirlos, según afirman diversos especialistas.
Solo en 2025, la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS) realizó 141.000 atenciones por problemas de salud mental.
Ello, según la investigación titulada “El trabajolismo posmodernista: causas, manifestaciones y consecuencias en la calidad de vida. Análisis documental con evidencia costarricense”, realizada por Francisco Javier Beirute Miranda, docente y miembro del Observatorio Nacional de Ciencias Económicas de la Universidad Hispanoamericana, se trata de un problema estructural que se ha normalizado.
“En los últimos seis años, en el país el trastorno mixto de ansiedad y depresión acumuló más de 1,5 millones de días de incapacidad en 52.500 personas, seguido del trastorno de adaptación, con 487.184 días en 33.551 personas; y del trastorno de ansiedad generalizada, con cerca de 400.000 días en 34.270 personas. Estas cifras revelan además una crisis de atención. La CCSS tiene hoy 27.784 citas de psicología en lista de espera, con un tiempo promedio de 175 días, y 11.787 en psiquiatría, con una espera promedio de 273 días, lo que indica que la demanda supera ampliamente la capacidad de respuesta del sistema de salud”, indicó Beirute.
Ante estas cifras, el investigador plantea un cambio de paradigma. Específicamente que el exceso de trabajo en las jornadas labores dejó de ser una elección y se convirtió en una compulsión.
“Mientras la persona comprometida trabaja mucho porque disfruta lo que hace o le encuentra sentido, el trabajólico labora compulsivamente porque no puede parar. El primero cuida su bienestar; el segundo lo deteriora de manera progresiva”, dijo Beirute.
Para el especialista, el trabajolismo se produce por la combinación de cuatro factores clave. Estos son la tecnología, que elimina fronteras entre vida personal y laboral; la presión económica; las culturas organizacionales que premian la presencia sobre la eficiencia; y perfiles psicológicos marcados por el perfeccionismo y la autoexigencia. Bajo este contexto, el trabajador promedio ya no “decide” trabajar más durante sus jornadas, sino que responde a un entorno que normaliza la hiperproductividad como estándar mínimo.
“El resultado es una trampa progresiva. Lo que inicia como compromiso se transforma en compulsión”, afirmó el especialista.
Añade que dicha conducta se ve motivada por factores económicos y estructurales del mercado laboral.
“Nadie elige libremente trabajar jornadas de doce horas cuando necesita ese ingreso para cubrir sus gastos básicos. Esta presión económica se mezcla con la responsabilidad familiar y forma un ciclo difícil de romper: el empleado lleva trabajo a su casa y desatiende a su familia; empieza a quedarse más tiempo en el trabajo para ganar más y proveer mejor, pero ese mismo patrón termina dañando la vida familiar que quería proteger”, menciona la investigación.
A esto se suma un dato global, ADP Research Institute en su informe People at Work 2021: A Global Workforce View del 2021 reveló que los empleados realizan horas extraordinarias no remuneradas por un promedio de 9. 2 horas semanales. Mientras tanto, millones de personas trabajan horas extra sin cobrarlas por condiciones propias de la empresa.
Uno de los puntos del trabajo es explicar cómo se instala el trabajolismo, el cual no aparece de forma abrupta, sino que se distingue en al menos cuatro fases. Estas son la extensión voluntaria de la jornada, dificultad para desconectarse, agotamiento crónico (burnout) y deterioro físico severo, incluso con manifestaciones cardiovasculares.
“El trabajólico no amplía sus jornadas por una necesidad circunstancial. Lo hace porque ha perdido el control sobre su propio comportamiento laboral. Su casa deja de ser un espacio de descanso y se convierte en una extensión de la oficina. Él mismo ha asumido la lógica del rendimiento como algo propio, lo que hace que este problema sea muy difícil de detectar tanto para él como para quienes lo rodean. El trabajólico también se caracteriza por una rigidez en la forma de hacer las cosas: le cuesta delegar, necesita controlar cada detalle y siente que nadie más puede hacer el trabajo tan bien como él. El trabajolismo no se limita al tiempo en la oficina; su dimensión cognitiva opera en la mente del trabajador incluso cuando está físicamente lejos de su trabajo”, puntualizó Beirute.
Agrega que otras consecuencias son la afectación de las relaciones personales, como la familia o la pareja, así como un sentimiento de culpabilidad por descansar. De esta forma, el trabajo se convierte en prioridad y la vida personal queda en segundo plano.
Todo lo anterior provoca consecuencias en la salud física, como deterioro progresivo, enfermedades y riesgo cardiovascular; en la salud mental, ansiedad, depresión y síndrome de burnout; y en el plano social, conflictos familiares, aislamiento y pérdida de vínculos.
Beirute comentó que esto responde a una trampa estructural. Las organizaciones premian la disponibilidad constante. Afirma que quien se queda más tiempo es visto como más comprometido, independientemente de su rendimiento real. “Esto genera un incentivo perverso en donde el exceso se convierte en estándar que presiona al resto del grupo”, afirmó.
Finalmente, el experto concluyó que “en el contexto costarricense, los datos institucionales confirman que el fenómeno no es abstracto ni lejano. Las incapacidades por trastornos de ansiedad, depresión y estrés crónico se han más que duplicado en cinco años; el burnout afecta a más de siete de cada diez docentes del sector público; y los servicios de atención psicológica acumulan listas de espera de casi seis meses. Estos datos evidencian la necesidad urgente de investigación aplicada, políticas laborales que desalienten la cultura del exceso y estrategias organizacionales que traten el trabajolismo como un problema de salud pública, y no como un rasgo admirable de la vida profesional”.
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