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Entre plantaciones de pimienta, cacao y palmito, en medio del paisaje verde de Sarapiquí, Heredia, se levanta la Finca Integral El Jícaro.
Se trata de un proyecto que ha logrado convertir la agricultura orgánica en una herramienta de conservación ambiental y desarrollo comunitario.
De acuerdo con su propietario, Pedro García, el enfoque integral de la Finca combina producción sostenible, educación ambiental y agroturismo. Mediante ello, se posiciona como un referente en la región.
García explica que la Finca Integral El Jícaro nació con el propósito de demostrar que es posible producir y conservar al mismo tiempo. Esto bajo un modelo de agricultura orgánica que aprovecha los recursos naturales sin degradar el entorno. García recuerda que la idea surgió con la intención de crear un espacio que integrara producción, educación y sostenibilidad.
“Finca Integral El Jícaro es un proyecto de agricultura orgánica donde desarrollamos tres ejes fundamentales: educación ambiental, agroturismo y producción orgánica”, explicó García.
Actualmente, la finca produce pimienta, palmito, cúrcuma, jengibre, cacao y canela, cultivos que no solo se cosechan, sino que también se procesan para agregarles valor.
De sus instalaciones salen productos como pimienta blanca, negra y molida; té artesanal a base de cúrcuma, jengibre y canela; y próximamente chocolate orgánico, gracias a un nuevo proyecto de procesamiento que se inaugurará en diciembre.



García mencionó que, aproximadamente, el 80% de los ingresos de la finca proviene del turismo, con una afluencia promedio de 230 a 240 visitantes por mes, principalmente provenientes de Suiza, Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Noruega, Estados Unidos y Canadá. Estos visitantes realizan recorridos por los cultivos, degustan productos y conocen los procesos de producción.
“Nuestro tour de pimienta está muy posicionado en Europa. Aquí los turistas pueden ver, oler y probar la pimienta que producimos. Además de conocer el proceso artesanal detrás de cada producto”, comentó el propietario.
Además de su certificación como finca orgánica, El Jícaro cuenta con la Bandera Azul Ecológica y una póliza de riesgo propia, reflejo del compromiso ambiental y social que mantiene con la comunidad.
La finca también se ha convertido en un laboratorio natural de investigación. En alianza con una red internacional, participa en un programa para estudiar los efectos del cambio climático en la agricultura y promover la creación de bosques productivos, donde la producción agrícola convive con la regeneración forestal.
“Desde 2019 trabajamos en estos proyectos para la creación de bosques productivos, una metodología que demuestra que no hay que cortar nada para poder producir”, explicó García.
El proyecto incluye parcelas experimentales de investigación donde se monitorea la biodiversidad, los insectos, los árboles y la captura de carbono. Universidades como la EARTH han utilizado la finca como espacio de prácticas para sus estudiantes.



Otro de los esfuerzos destacados de El Jícaro es el rescate del palmito de montaña (chonta dulce), una especie en peligro de extinción que ha sido parte de la alimentación tradicional indígena. Con apoyo de voluntarios, la finca ha logrado introducir más de 3.000 plantas nuevas distribuidas en distintas comunidades de Sarapiquí.
Asimismo, el vivero de la finca produce árboles nativos como el almendro amarillo de montaña y el cedro María, que son donados a asadas, hoteles y comunidades locales. Esto para promover la reforestación y restaurar hábitats de especies en riesgo.
“Producimos árboles y los donamos a las comunidades y hoteles para reforestar. El almendro, por ejemplo, es vital para la lapa verde, y el cedro María alimenta a muchas especies de murciélagos que ayudan a dispersar semillas”, señaló García.
Con apenas tres hectáreas de terreno, El Jícaro demuestra que el modelo integral de aprovechamiento sostenible puede generar desarrollo local, educación ambiental y empleo sin comprometer los recursos naturales. La finca emplea a un pequeño equipo de cuatro personas y trabaja estrechamente con voluntarios nacionales e internacionales.
Su proyección es continuar creciendo de la mano con la comunidad, fortaleciendo su oferta turística y científica, y consolidándose como un ejemplo vivo de sostenibilidad en Sarapiquí.
“El concepto integral es aprovechar todos los espacios posibles para cultivar y enseñar. Nuestra misión es conservar, producir y educar al mismo tiempo”, concluyó García.



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