Exportaciones de bienes de Costa Rica alcanzaron los US$1.512 millones en enero 2026
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Era enero de 2020. El invierno canadiense azotaba con temperaturas de hasta -40 °C en Quebec, Canadá, donde vivían Nillareth Gallardo Ramírez y Stéphane Jalbert.
“A veces pasábamos seis meses viendo apenas una hora de sol al día, y cuando salía, era cuando más frío hacía”, recuerda Gallardo. Agotados del encierro y la rutina, decidieron escapar por unas semanas a Costa Rica, sin imaginar que ese viaje transformaría por completo sus vidas tanto a nivel personal, como profesionales.
“Siempre que viajábamos era en plan todo incluido. Esta vez mi esposo dijo: ‘Vamos a descubrir’. Y así lo hicimos”, narra Nillareth. Llegaron a Liberia, en Costa Rica, recorrieron playas y planearon visitar el volcán Rincón de la Vieja. Sin embargo, una caminata de 10 kilómetros en total y bajo el sol del mediodía los dejó enfermos. Fiebre, tos y agotamiento fue el resultado. Esa experiencia los obligó a modificar sus planes para el resto de su viaje de vacaciones.
Buscando alternativas, Nillareth encontró un tour nocturno de ranas en Bijagua, un pequeño pueblo en la falda del Parque Nacional Volcán Tenorio. Fue ahí donde descubrieron un entorno que los atrapó: la naturaleza exuberante, el clima fresco y, sobre todo, la calidez de su gente.
“Lo primero que nos impactó fue la amabilidad. Aquí la gente todavía te saluda con un ‘buenos días’, aunque no te conozca. Eso es maravilloso”, dice Gallardo.
La pareja se hospedó en un hotel de la zona de Bijagua. Esa estadía se convirtió en el inicio de algo más grande. “Nos gustó tanto el lugar que nos quedamos tres días. Poco después, Stéphane me dijo: ‘¿Cuánto costará un terreno para hacernos una casita como esta?”, recuerda Nillareth.
Lo que empezó como una curiosidad terminó en una negociación. El dueño de una finca cercana al hotel donde se hospedaron vendía un terreno de tres hectáreas. De ese terreno, el plan inicial era comprar solo una parte; sin embargo, los planes también cambiaron.
“De un terreno de 1.000 m² que pensábamos, terminamos comprando tres hectáreas”, dice entre risas.
Sin haberlo recorrido a fondo, y sin conocer prácticamente a nadie en Costa Rica, firmaron un acuerdo para comprarlo. La decisión parecía arriesgada, pero ambos llevaban tiempo soñando con tener un bed and breakfast.
“En Canadá habíamos hecho cursos para prepararnos, pero allá no se vive de eso. La temporada es muy corta y los costos altísimos. En cambio, aquí había clima cálido, naturaleza y gente acogedora. Era lo que buscábamos”, explica Stéphane.
Firmaron la promesa de compraventa en marzo de 2020. Dos días después, el primer ministro canadiense anunció el confinamiento por la pandemia de COVID-19. El regreso a Costa Rica se volvió incierto, pero decidieron seguir adelante. “Decíamos: ya tenemos un lote, pero ¿qué hacemos ahora? No conocíamos a nadie y había que construir una casa”, recuerda Gallardo.
A la distancia, lograron contratar a un vecino que tenía experiencia en construcción. Con planos enviados desde Canadá y mucha confianza, inició la obra. “Nos preguntaban: ¿quitamos este árbol o lo dejamos? Y nosotros nunca habíamos entrado al terreno. Todo era a pura fe”, relata Nillareth.
En 2021, lograron viajar a Costa Rica en medio de estrictas restricciones para firmar la escritura y ver por primera vez la propiedad que ya era suya y estaba en las primeras etapas de desarrollo con su casa.






El cambio de vida fue radical. Nillareth, acostumbrada al trabajo de oficina y tacones, se encontró caminando entre barro y pasto con botas de hule. Stéphane, especialista en informática, pasó a convertirse en carpintero, jardinero y constructor. “Él mismo fabricó las camas, mesas y detalles en madera que hoy están en las villas. Aprendió todo viendo tutoriales en YouTube”, cuenta su esposa.
Además, el terreno, antes un potrero, se transformó poco a poco en un espacio con senderos, jardines, lagos artificiales creados a partir de nacientes naturales, y acceso directo al río Bijagua. “Queríamos que hubiera aves y vida, así que sembramos palmeras y frutales, construimos composteras y hasta instalamos colmenas de mariolas”, explica Stéphane.
La pandemia retrasó los planes, pero también les permitió avanzar con paciencia. En 2023, tras vender su casa en Canadá y renunciar a sus empleos, se mudaron definitivamente a Costa Rica.
El primero de noviembre de 2023 iniciaron la construcción del hotel. La obra enfrentó desafíos: la importación de una piscina en una zona donde no era común, la compra de nueve toneladas de césped que tuvieron que descargar y colocar a mano bajo 38 grados centígrados, y situaciones personales difíciles, como la enfermedad y fallecimiento de familiares cercanos.
Pese a todo, en abril de 2024 inauguraron oficialmente Villa El Tucán, un hotel boutique con cuatro villas diseñadas para el descanso y la conexión con la naturaleza.
“Queríamos que el huésped se sintiera como en casa, con un servicio personalizado, casi VIP. Más que un hotel, es un lugar para vivir una experiencia completa”, dice Gallardo.
El hotel cuenta con cuatro villas. Son dos villas familiares, con capacidad para cuatro personas (expandible a una quinta si es un niño), y dos villas para parejas, equipadas con cama queen y diseño íntimo.
Todas están rodeadas de jardines, ofrecen terrazas privadas y acceso a un entorno natural único. Entre las amenidades y servicios destacan piscina al aire libre; acceso privado al río Bijagua, caminatas guiadas por jardines, huerta y lagos; espacio para yoga, meditación o lectura; desayuno incluido, con el tradicional gallo pinto costarricense y menús que combinan sabores locales e internacionales; opciones de cena personalizada, con productos locales como pan artesanal y postres de frutas de la finca. Además de refrigerios, bebidas y hasta una máquina de hielo muy apreciada por los huéspedes.
También, organización de tours cercanos: Río Celeste, teñideros, catarata Bijagua, tour de cacao y recorridos nocturnos de fauna; y servicios adicionales bajo reserva, como masajes.
El hotel también apuesta por la sostenibilidad. Ellos producen su propio compost, cultivan hierbas como el culantro coyote que usan en sus platillos y promueven encadenamientos con productores locales.






El cambio de vida no solo significó un proyecto empresarial, también mejoró su salud y bienestar. “Pasamos de caminar 300 pasos al día a 20.000. Dejamos de tomar pastillas para dormir o para la presión. Hoy dormimos tranquilos y nos sentimos más vivos”, afirma Nillareth. Stéphane, por ejemplo, perdió 10 kilos en seis meses gracias al nuevo estilo de vida.
Orgullosa, Nillareth comentó que los huéspedes, tanto nacionales como internacionales, destacan la calidez del servicio. Algunos niños les han dejado cartas con corazones y pulseras como recuerdo. “Eso nos confirma que logramos lo que queríamos: que la gente se sienta bien, acogida, como en familia”, dice Gallardo.
Incluso, han recibido clientes que prefieren no salir del hotel a realizar actividades. “Muchos dicen: ‘Aquí tengo todo, no necesito ir a ningún lado’. Eso nos sorprendió, pero es la mejor señal”, comenta Stéphane.
De momento, Villa El Tucán busca consolidarse como un referente en Bijagua. Sus dueños no planean expandirse más allá de dos villas adicionales, para no perder el trato personalizado que los caracteriza. También quieren atraer a asociaciones solidaristas y empresas que busquen experiencias de bienestar para sus colaboradores.
“Este es un hotel de desconexión. Aquí se viene a escuchar el río, a descansar en la hamaca, a disfrutar de la naturaleza y de la buena comida. Eso es lo que ofrecemos y en eso queremos posicionarnos”, resume Gallardo.
Dejar Canadá, vender su casa y llegar a Costa Rica con dos maletas fue una apuesta enorme. Pero, a un año de abrir su hotel, ambos coinciden en que no hay arrepentimiento. “No nos arrepentimos. Aquí encontramos salud, paz y propósito. Villa El Tucán nació casi por accidente, pero hoy es nuestra vida”, concluyeron los emprendedores canadienses que convirtieron a Bijagua en su hogar.
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