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En la comunidad de Bijagua, en el norte de Costa Rica, una pequeña finca familiar ha logrado transformar la biodiversidad local en un emprendimiento sostenible basado en la producción y exportación de pupas de mariposas.
Se trata de la Finca Agroecológica La Victoria, un proyecto que combina conocimiento biológico, trabajo familiar y alianzas estratégicas con el sector turístico de la zona. Esto para sostener una actividad que conecta el bosque tropical con mercados internacionales.
Detrás de este mariposario se encuentra una familia que, durante más de una década, ha apostado por un modelo productivo basado en la crianza controlada de mariposas. Así como la exportación de sus pupas hacia distintos países. Hoy, el emprendimiento no solo abastece mercados internacionales, sino que también mantiene vínculos con proyectos turísticos nacionales, como el hotel Origins Astral. Ello le ha permitido diversificar sus canales de venta y fortalecer su estabilidad económica.
Erika Martínez, copropietaria de la Finca Agroecológica La Victoria, explica que el proyecto surgió como una iniciativa de su suegra. Con el tiempo fue evolucionando hasta convertirse en un negocio especializado en el manejo y reproducción de diferentes especies de mariposas.
“Este proyecto lo inició mi suegra hace unos 11 años. Ella es muy inquieta y quería seguir activa, así que comenzó con la idea de criar mariposas. Después me integré yo, junto con mi esposo. Hoy todos trabajamos en esto”, relató Martínez.
El mariposario comenzó de forma muy modesta. Según Martínez, cuando ella se incorporó al proyecto, la producción era mínima y apenas se exportaban algunas pupas de mariposas por semana.
“Cuando yo llegué, hace unos ocho años, recuerdo que enviábamos apenas 15 pupas por semana. Cada pupa puede costar alrededor de dos dólares. Con eso mi suegra hacía maravillas para que alcanzara el dinero”, explicó.
Con el paso del tiempo, la familia decidió involucrarse más activamente en el proceso productivo, lo que permitió aumentar gradualmente la capacidad de producción del mariposario. Sin embargo, el crecimiento del emprendimiento no ha sido lineal, ya que la actividad depende de múltiples factores naturales, como el clima y la salud de las poblaciones de mariposas.
“Esto depende mucho de que el tiempo esté bien. Si llueve demasiado o hace mucho calor, las mariposas no ponen huevos y la producción baja. Entonces siempre estamos pendientes de esas condiciones”, señaló Martínez.
Actualmente, en condiciones favorables, el mariposario puede llegar a producir alrededor de 800 pupas de mariposas por semana de primera calidad. Esto principalmente de especies como la Morpho y la Caligo, que son altamente demandadas en el mercado.






Martínez explicó que el funcionamiento de un mariposario especializado implica un proceso biológico complejo que puede extenderse durante varios meses y requiere monitoreo constante.
La emprendedora señaló que el ciclo inicia con la recolección de huevos que las mariposas depositan diariamente en plantas hospederas dentro de la finca.
“Las mariposas ponen huevos todos los días. Nosotros recolectamos esos huevos en pequeñas tazas y luego los llevamos al laboratorio. Allí nacen las larvas”, detalló.
Una vez que nacen, las larvas se colocan nuevamente en plantas hospederas en el campo, protegidas dentro de bolsas especiales que permiten su crecimiento mientras se les monitorea diariamente.
“Todos los días revisamos que tengan comida y que no haya hormigas, pájaros o cualquier otro animal que pueda afectarlas”, indicó Martínez.
Después de aproximadamente 45 días de crecimiento, las larvas pasan al estado de prepupa. Posteriormente se convierten en pupas, que son recolectadas y clasificadas según su calidad.
El ciclo completo desde la recolección del huevo hasta la exportación puede durar alrededor de 60 días, aunque el proceso implica pérdidas naturales importantes.
“De mil huevos que recolectamos, tal vez logramos llevar al campo unos 600. De esos 600, regresamos con unas 300 pupas; y, de esas, aproximadamente 150 son de primera calidad para exportación”, explicó la emprendedora.
Las pupas de mariposas producidas en la Finca Agroecológica La Victoria se exportan principalmente hacia Europa, Estados Unidos, México. Así como a algunos mercados del Medio Oriente. Allí son utilizadas en mariposarios, exhibiciones educativas y proyectos turísticos.
Una de las especies más demandadas es la Morpho, conocida por su gran tamaño y el intenso color azul de sus alas. Esto la convierte en una de las mariposas más emblemáticas del trópico.
Esta especie también ofrece ventajas logísticas. Esto porque su ciclo de transformación de pupa a mariposa dura aproximadamente 15 días, lo que permite manejar mejor los tiempos de transporte hacia el extranjero.
Sin embargo, el proceso de exportación requiere una coordinación precisa, ya que las pupas deben enviarse dentro de una ventana de tiempo muy limitada para asegurar que lleguen en condiciones óptimas al destino.
“Tenemos apenas unos tres o cuatro días desde que se forma la pupa de la mariposa para poder enviarla. Si pasa ese tiempo, el exportador ya no la recibe”, explicó Martínez.
A pesar de que la exportación es el principal destino de las pupas, el emprendimiento ha encontrado en el turismo una alternativa clave para sostener su operación en momentos de baja demanda internacional.
Uno de los principales aliados del mariposario es el hotel Origins Astral. Este desarrolló un tour que ofrece a sus huéspedes en donde visitan la finca y pueden conocer todo el proceso de producción.






La producción de mariposas no está exenta de riesgos. Factores como virus, depredadores naturales o cambios climáticos pueden afectar significativamente las poblaciones dentro del mariposario.
Martínez explicó que en algunos momentos el negocio ha atravesado periodos muy difíciles, incluso con pérdidas totales de producción.
“Ha habido momentos en que no tenemos nada: ni mariposas volando ni producción en el campo. A veces se presentan virus o condiciones climáticas extremas que afectan todo”, afirmó.
En otros casos, el problema ha sido la falta de compradores. En el pasado, la familia llegó a enfrentar situaciones en las que tuvo que descartar grandes cantidades de pupas por falta de mercado.
“Tuvimos épocas en que producíamos hasta mil pupas por semana, pero los exportadores cerraron las compras y no teníamos a quién venderlas”, recordó.
A pesar de las dificultades, el mariposario se ha consolidado como una actividad que combina generación de ingresos con un estilo de vida ligado a la naturaleza.
Para Martínez, uno de los principales beneficios del emprendimiento es la posibilidad de equilibrar el trabajo con la vida familiar.
“Para mí, como madre, una de las mayores satisfacciones es poder cuidar a mis hijas mientras trabajo. Recibo un ingreso y al mismo tiempo puedo estar con ellas”, expresó.
El trabajo diario en la finca incluye múltiples tareas, desde la recolección de huevos y larvas hasta el monitoreo en campo y el empaque de pupas para su envío.
“Aquí hacemos de todo. Desde recolectar huevos, cuidar los gusanos, llevarlos al campo, revisar las plantas y hasta empacar cuando hay pedidos. En temporada alta incluso nos toca trabajar hasta la madrugada”, comentó la emprendedora.
De cara al futuro, la familia busca fortalecer la estabilidad del negocio, manteniendo niveles de producción constantes y ampliando las oportunidades de comercialización.
“El objetivo es lograr sostener la producción y evitar esos altibajos que tenemos en ventas. Hemos vendido desde 100 pupas por semana hasta 800, y la idea es poder mantener ese nivel o incluso crecer”, indicó Martínez.
Aunque reconoce que el crecimiento en este sector puede ser complejo debido a la dependencia de factores naturales y de mercado, la emprendedora asegura que el proyecto seguirá evolucionando con base en la experiencia acumulada durante más de una década.
“Ha sido un proceso duro, pero también muy bonito. Poco a poco hemos logrado sostenernos y seguir adelante con el mariposario”, concluyó Martínez.






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