El oficio de decidir: estudiar negocios en la era de la IA

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Por: Benjamín Vargas Director de la Carrera de Ciencias Empresariales en LEAD University

Por: Benjamín Vargas
Director de la Carrera de Ciencias Empresariales en LEAD University

Hay una pregunta que hoy se hacen muchos jóvenes costarricenses y que merece algo mejor que una respuesta automática: si la Inteligencia Artificial (IA) ya redacta planes de negocio, analiza estados financieros e indicadores operativos y proyecta escenarios, ¿tiene sentido dedicar años a estudiar formalmente lo que una máquina parece hacer en segundos? Mi respuesta, tras mirar la evidencia, es que sí tiene sentido, especialmente en un país como el nuestro.

Empecemos por lo que la duda tiene de razón. Un estudio del 2025 del economista Erik Brynjolfsson y su equipo en Stanford, construido sobre las nóminas de millones de trabajadores estadounidenses, encontró que el empleo de los jóvenes de 22 a 25 años en las ocupaciones más expuestas a la IA cayó 13% desde la irrupción de la IA generativa.

Pero el mismo estudio guarda una distinción que suele perderse en los titulares: la caída se concentra donde la IA automatiza tareas completas, en cambio, donde la tecnología aumenta las capacidades de las personas en lugar de sustituirlas el empleo joven no retrocedió. Lo que está desapareciendo es el trabajo de ejecutar sin decidir.

El Foro Económico Mundial, que para su informe sobre el futuro del empleo del año pasado consultó a más de mil empleadores que representan a 14 millones de trabajadores, ofrece un panorama más completo de esa transición. Hacia 2030, la transformación tecnológica creará 170 millones de empleos y desplazará 92 millones: un saldo neto positivo de 78 millones.

Pero el dato más revelador no es ese, sino que el 39% de las habilidades que hoy usamos en el trabajo cambiará o quedará obsoleto en apenas un lustro, y la brecha de habilidades ya es, para el 63% de las empresas, el principal obstáculo para transformarse; de ahí que el 85% planee invertir en actualizar competencias de su propia gente. Cuando el Foro enumera las capacidades que más crecerán en demanda, la lista sorprende por ser eminentemente humana: junto a la competencia tecnológica aparecen el pensamiento analítico, el liderazgo y la influencia social, la creatividad, la resiliencia y la flexibilidad.

Es difícil leer ese inventario sin notar que describe, casi punto por punto, lo que una buena escuela de negocios procura cultivar. La transición hacia la adopción de esta nueva infraestructura tecnológica rediseñará modelos operativos y redibujará los propios límites entre industrias, demandará una gestión de cambio sin precedentes, y abrirá con ello un sinfín de oportunidades de creación y realización profesional.

Los mercados ya le ponen precio a esa combinación: en 2025 PwC documentó que los trabajadores con habilidades de IA ganan en promedio 56% más que sus pares en el mismo puesto y la encuesta del Graduate Management Admission Council realizada a más de mil reclutadores en 46 países ese mismo año, muestra que el 90% planea contratar graduados de negocios, valorando sobre todo a quienes combinan criterio directivo con fluidez en estas herramientas.

Hay aquí una paradoja que vale la pena contemplar despacio: cuanto más barata se vuelve la ejecución, más cara se vuelve la capacidad de juzgar qué ejecutar, para qué y a qué costo.

Cabe preguntarse, con todo, si las escuelas de negocios estarán a la altura de ese papel, y la evidencia sugiere que las mejores ya se están reinventando. AACSB, el principal organismo acreditador mundial de la disciplina, describe el momento como un tránsito de la experimentación a la implementación: las escuelas están rediseñando currículos, roles docentes e infraestructura para formar graduados competentes en IA y, sobre todo, éticamente responsables de su uso; y les asigna una función que excede el aula, como centros de recapacitación de trabajadores en activo e incubadoras de nuevas soluciones. La escuela de negocios del futuro no compite con la máquina en producir respuestas, forma a quienes deberán responder por ellas.

Ahora bien, todo este argumento global adquiere otro peso cuando se lee desde Costa Rica. El año anterior, la OCDE lo dijo con la frialdad de las cifras: nuestra productividad laboral se ha estancado en torno al 30% de la de los países avanzados de la organización, cerca del 40% de nuestros trabajadores permanece en la informalidad y la economía funciona a dos velocidades: un sector exportador sofisticado, empujado por la inversión extranjera, y un tejido de pequeñas empresas locales que apenas innova.

La pregunta incómoda es por qué persiste esa brecha en un país con estabilidad, apertura comercial y buen capital humano. Una parte considerable de la respuesta, sugiere la investigación económica, está en algo menos visible que la tecnología: la calidad de la gestión. Los trabajos de Nicholas Bloom y John Van Reenen, han mostrado que las diferencias en prácticas gerenciales explican buena parte de las brechas de productividad entre empresas y entre países; en un experimento célebre en la India, plantas textiles que recibieron apenas unos meses de acompañamiento en gestión elevaron su productividad en torno al 17%. Dicho de otro modo: a nuestras economías no solo le faltan herramientas, sino personas formadas para dirigirlas.

Esto obliga a repensar el papel social de una escuela de negocios, que solíamos imaginar como fábrica de ejecutivos para multinacionales. Un gerente bien formado es, en países como el nuestro, un bien público silencioso: la pyme que profesionaliza su gestión formaliza empleos, paga mejores salarios y sobrevive a la siguiente crisis; el hospital, la cooperativa o la institución pública bien administrada devuelve mejores servicios.

No es casual que, en América Latina, según el propio Foro Económico Mundial, el 84% de los empleadores planee recapacitar a su fuerza laboral, ni que la mitad señale a las culturas organizacionales anticuadas como el mayor freno a su transformación, ambas carencias apuntan al mismo vacío de capacidad directiva que alguien tendrá que llenar.

No es un dato menor que la IA reduzca justamente el costo de las capacidades analíticas que antes eran accesibles solo para grandes corporaciones. Para las economías rezagadas, eso abre una posibilidad histórica de acortar distancias, pero solo si existe quien sepa conducir esa transición.

Quizá, entonces, el joven que duda está haciendo la pregunta correcta con el sujeto equivocado. La cuestión no es si la IA dejará espacio para quienes estudien negocios; es si Costa Rica puede permitirse que su próxima generación renuncie a formarse en el oficio de decidir, justo cuando ese rol se volvió el más escaso y el más determinante.

Estudiar negocios hoy, con seriedad y en instituciones que integren estas tecnologías en lugar de ignorarlas, no es una apuesta defensiva por un empleo, es una forma concreta de trabajar en el problema más viejo y más urgente de nuestra economía. Las máquinas saben responder. Falta quien sepa preguntar, y quien se haga responsable de la respuesta.

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