Economistas señalan que país tiene deuda en generación de oportunidades para jóvenes
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Por: Ana Gabriela Soto
Sociedad de Seguros de Vida
Cada vez son más los centros educativos costarricenses que emprenden acciones ambientales: estaciones de reciclaje, charlas de sensibilización, ferias verdes. La intención es genuina y, en la mayoría de los casos, el arranque es exitoso. El problema aparece después: con el paso de los meses, muchas de estas iniciativas pierden fuerza hasta desaparecer.
La experiencia acumulada durante 12 años por el programa Yo Pienso Verde, que ha trabajado con más de 200 centros educativos del país, ofrece un dato revelador: aproximadamente el 87% de las escuelas y colegios que se incorporaron ya había intentado antes desarrollar algún tipo de acción ambiental. La voluntad, entonces, no es lo que falta. Lo que falta es una estructura capaz de sostenerla en el tiempo.
Este hallazgo obliga a replantear la manera en que se piensa la educación ambiental en el sistema educativo. Cuando un proyecto ambiental depende del entusiasmo de una sola persona, ya sea una docente, un estudiante particularmente comprometido o un miembro del personal administrativo, su continuidad queda condicionada a la permanencia de esa persona en el centro. Un cambio de puesto, una jubilación o simplemente el desgaste natural son suficientes para que el esfuerzo se diluya.
La respuesta no es exigir más entusiasmo, sino incorporar la gestión ambiental a los lineamientos institucionales, con comités de responsabilidades claras y mecanismos de seguimiento que no dependan de una sola figura. La participación de las direcciones escolares resulta determinante en ese sentido, porque es desde ahí donde se genera el compromiso transversal entre docentes, estudiantes y personal administrativo.
Hay además un malentendido persistente que vale la pena señalar: la idea de que separar los residuos es tarea exclusiva del personal de limpieza. Esta percepción traslada la responsabilidad a quien recoge los desechos y no a quien los genera, lo cual diluye precisamente el aprendizaje que se busca transmitir. Un centro educativo es, entre otras cosas, un espacio de formación de hábitos, y los hábitos que ahí se instalan tienden a replicarse en los hogares de miles de familias.
A esto se suman otros focos de impacto que suelen quedar fuera de la conversación pública: el desperdicio de alimentos en los comedores, el uso de materiales de un solo uso en actividades escolares y un consumo de papel que persiste en instituciones con menor acceso a herramientas digitales. Y hay un dato que merece más atención de la que recibe: en buena parte de los centros educativos, cerca de la mitad de la huella de carbono proviene del transporte de estudiantes y docentes, en su mayoría vehículos particulares con una sola persona a bordo.
Ninguno de estos desafíos se resuelve con una campaña puntual. Requieren decisiones sostenidas: aprovechar las efemérides ambientales no como un fin en sí mismo, sino como recordatorios dentro de una estrategia continua; preferir materiales reutilizables o compostables sobre las alternativas desechables; y, sobre todo, dar a los propios estudiantes espacios reales de liderazgo, en lugar de tratarlos únicamente como destinatarios de la información.
La lección de fondo es que la sostenibilidad ambiental en los centros educativos no se mide por la cantidad de actividades realizadas en un año, sino por su capacidad de permanecer cuando el interés inicial se enfría. Ese es, en realidad, el verdadero indicador de que una comunidad educativa ha incorporado el cuidado ambiental como parte de su cultura, y no como un episodio aislado en el calendario escolar.
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