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Por: Dr. Juan Diego Sánchez Sánchez, Ph.D
Asesor y analista financiero, abogado, profesor e investigador
La concepción técnica y epistemológica de la propiedad privada radica en la esencia misma del ser humano, siendo concebida desde los inicios de la existencia de los derechos del ser humano en su esencia más básica, entiéndase, el respeto a la vida, la libertad, la salud, así como la tenencia y el resguardo de su haber propietario. Definiendo la propiedad como un elemento adyacente y fundamental de la existencia misma de las personas, esto a la luz de la subsistencia, el crecimiento y la integridad misma.
En este orden de ideas, la propiedad privada se define como la posibilidad de ejercer la tenencia y el señorío sobre los bienes generadores de la actividad económica, también conocidos como los factores productivos, comprendidos por la tierra, el trabajo y el capital, y de más reciente añadidura a la teoría y la doctrina, la tecnología, el conocimiento y la información. Bajo esta lógica puede también definirse el concepto de riqueza, el cual hace mención a la capacidad que tenga una determinada unidad productiva, física o jurídica, de acumular factores de producción en su haber, generando así la concepción de la propiedad en su máxima expresión.
Ahora bien, en esta dinámica se conciben dos criterios ideológicos, los cuales señalan que la riqueza se produce, ya sea por el trabajo, o bien, por la tierra, precisando cada uno de ellos que la capacidad de incrementar el haber propietario es dada en función casi inversa uno del otro. Ambas teorías resultan ser válidas dependiendo de su enfoque, no obstante, parecen dejar de lado la inherente interacción que existe entre la simple tenencia y la productividad, la cual solo es posible al detallar una fuerza intelectual o física explotadora de estos factores, y claro está, con un elemento adyacente de impulso dado por el dinero mismo derivado del lucro asociado, el cual, para que realmente sea productor de riqueza, debe ser reinvertido y no gastado en el corto plazo.
Surge acá la división fundamental de la ideología político-económica, dada por la concepción de la derecha y la izquierda, donde la primera promulga que los factores económicos generadores de riqueza deben estar en manos particulares y eficientes en términos de productividad, esto con un Estado reducido y funcional, mientras que la segunda corriente predica la tenencia del haber propietario únicamente por el Estado, predicando en su máxima expresión, la desaparición de la propiedad privada. Nótese que ambas aristas señalan tener extremos y puntos medios, no obstante, es la izquierda la que en su línea más extrema de pensamiento busca la destrucción de su contraparte, generando así el concepto del super Estado, con una capacidad única y absoluta del control económico e ideológico.
En este funcionamiento surge a la luz la teoría del socialismo, el cual postula la existencia de una propiedad estatal mayoritaria, con poco o nulo enfoque al haber productivo privado, donde el aparato estatal debe crecer en aras de evitar una propagación de lucro ajeno a la función del gobierno. Acá se señala lo que parece ser la hipocresía más grosera de la doctrina económica y política, pues aún en medio de la conculcación de la capacidad privada de generar riqueza, esta ideología tiene la osadía de señalar el libre pensamiento como un eje de su campaña.
Lo anterior plantea una contradicción pura y simple, casi ontológica y contraproducente, incluso en términos de la lógica más simplista, pues plantea la posibilidad de pensar libremente, pero sin la acumulación de riqueza, lo cual implicaría que la persona tiene la prerrogativa de opinar siempre y cuando esto no conlleve la eventual generación de lucro por medios privados, lo que podría interpretarse como un sesgo cognitivo, donde solo se puede creer en aquello que sea congruente con el Estado. Esta línea de ideas es evidentemente contraria a los postulados de la libertad, la dignidad y la integridad humanas, donde la imposibilidad de la elección del ejercicio del trabajo en aquello que sea lucrativo para la persona es observable, así como una alteración del estado natural dado por la salud económica, esto al imposibilitar la tenencia de bienes privados.
La casuística no parece terminar ahí, sino que genera una segunda contradicción técnica, donde se hace referencia a la creación de un Estado de gran magnitud, con instituciones de control económico e ideológico de función pública, sin embargo, es menester recordar que el Estado no produce riqueza, puesto que el medio principal de obtención de recursos monetarios por este ente es precisamente el cobro de impuestos a las unidades privadas productivas. Es risible entonces la dinámica ideológica observada en el socialismo, pues por una parte se busca reducir o desaparecer la propiedad privada, pero por otra, desea crearse un aparato estatal sin tope de crecimiento, lo cual es financieramente inviable.
Es así que, vale preguntarse ¿Cuál es la lógica en seguir y apoyar esta ideología?, la respuesta no parece ser hallada en conceptos técnicos que claramente contraponen los preceptos fundamentalistas del socialismo, sino más bien, la falta de conocimiento y entendimiento parecen ser la respuesta a este interrogante.
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